ROSANA ARQUES Si la ética es "la ciencia del
comportamiento moral", plantearnos la necesidad de una nueva ética implica
reconocer que el código ético actual, no es suficiente para asumir los cambios
de moralidad que se están produciendo en este recién nacido siglo XXI.
La moral del individuo, de la familia, de la
colectividad está sufriendo un cambio trascendental porque los valores, las
estructuras sociales y las ideologías que han propiciado nuestro actual modelo
de sociedad, y por ende, nuestro sistema ético, se están viendo profundamente
afectadas por la revolución tecnológica, el acceso a las redes de información,
el sutil cambio de lo individual a lo global. Hasta ahora, cualquier cambio de
pensamiento, ideología, incluso el de la propia forma política del Estado,
implicaba la modificación del código ético de la sociedad, pero eran cambios
que se producían en un largo intervalo de tiempo, de tal forma que era casi
imperceptible para la sociedad y el individuo.
Frente a ese cambio gradual, hoy el ser humano
vive inmerso en una profunda revolución tecnológica, que ha producido en un
corto espacio de tiempo, cambios trascendentales en la sociedad, posibilitando
por ejemplo, la incorporación de la mujer al trabajo, la reducción de los
horarios laborales, la aparición del ocio, la comunicación global a tiempo
real, la invención medios de transportes que facilitan los viajes y el
intercambio cultural.
Estos cambios llevan consigo una rápida
modificación de los códigos éticos imperantes, que dejan de tener sentido y ya
no sirven al individuo del siglo XXI, que tiene acceso a otras culturas, a
otras formas de pensamiento, a otras manifestaciones políticas y religiosas.
Esa aceleración en todos los ámbitos de la vida, y especialmente en el ético,
junto con el abuso de los medios de información, provocan en el individuo una
sensación de anarquía moral, todo vale, se invierten y pervierten los valores
tradicionales a través de su uso mediatizado con fines meramente especulativos
y crematísticos. El individuo percibe la confusión moral, la falta de
referentes y criterios, y lo peor de todo, es que puede acabar instalado y
acomodado en esta forma de vivir, de ahí que se diga que el siglo XXI será
ético o no será.
Si queremos una nueva ética, antes será preciso
que sepamos dónde estamos y hacia dónde queremos ir, de esta forma podremos, no
inventar nuevos valores, si es que ello es posible, sino redefinir los valores
que desde que el ser humano tiene conciencia le han acompañado y que están
anclados en lo más profundo de su código genético. El reto no está en crear una
nueva ética, sino en reinventarla, ajustar y redefinir los valores a las
necesidades del ser humano actual y a la sociedad en la que desarrolla su
existencia, redescubrir nuevos aspectos de valores tradicionales que, como el
del respeto a la vida, podrían suponer un cambio profundo en las estructuras
actuales, así por ejemplo, inculcar en las generaciones venideras el profundo
respeto por los demás, como máxima manifestación de la naturaleza, y por encima
de cualquier clase de poder, supondría liberar a la sociedad del yugo de la
guerra, del hambre, de la destrucción de la naturaleza. Reactivando uno solo de
los valores es posible cambiar el mundo.
Las transformaciones que estamos viviendo, tanto
a nivel individual como social, demandan un nuevo sentido de los valores
tradicionales, la sociedad está pidiendo a gritos que palabras como
solidaridad, cooperación, laicidad, igualdad, fraternidad, libertad que han
sido pervertidas por intereses espurios, se llenen de sentido, de un nuevo
sentido, claro, definido, sin ambigüedades ni tergiversaciones interesadas, un
sentido en sintonía a cómo quiere vivir el ser humano, un sentido que habrá de
actuarse a través y desde la educación y la cultura, que serán los referentes
indiscutibles de este siglo XXI, e inspirados por un sentimiento de
espiritualidad, pero no en un sentido religioso o místico del término, sino en
el sentido de íntima comunión con la naturaleza.